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Todos vimos las imágenes de Barak Obama cantando blues con Mick Jagger, acompañado por las guitarras de B.B.King y Buddy Guy, nada menos. Fue durante un concierto benéfico dado en la Casa Blanca por una superbanda –en realidad un dreamteam- que se sumó al ciclo Performing at The White House, que esta vez se subtituló Red, White and Blues. Los míticos músicos, respaldados por sus propias leyendas, le cedieron a Obama un espacio y entonces el presidente no pudo menos que aceptar el envite y subir al escenario y cantar –bien, hay que reconocerlo- algunas estrofas de Sweet Home Chicago, blues que evoca a su ciudad natal. Fue Jagger, cuya boca es la más famosa de la historia del Rock, quien le ofreció el micrófono al inquilino y anfitrión para que participase del show. Nadie se cree que esto haya sido sólo benéfico, espontáneo y casual en medio de una campaña electoral en la cual el presidente busca la relección. Pero de todas las estrellas que había sobre el escenario, Mick fue la que, con su gesto simpático y británicamente educado, perdió parte de su élam. El socio de Keith Richard, que una vez gritó su simpatía por el demonio, devino en artista oficial y acaso funcional a una expresión de poder.
La Casa Blanca como lugar, como espacio emblemático, como símbolo, es un sitio que inspira muchos sentimientos menos el de la inocencia. No hay neutralidad posible allí dentro. Es legendario lo que una vez escribió el genial periodista y humorista Art Butchwald en su libro Nunca bailé en la Casa Blanca: “Alicia caminaba por la Avenida Pensylvania cuando March le preguntó: ¿Te gustaría asistir a una conferencia de prensa en la Casa Blanca? ¿Qué es una conferencia de prensa en la Casa Blanca?, preguntó Alicia. Y March respondió: Allí donde se niega todo lo que ya te han dicho, lo cual es la única razón por lo que podría ser verdad.” Butchwald, con ese diálogo mínimo, definió para siempre el ámbito, la atmósfera que se puede respirar en la famosa finca. Por tanto, estando allí dentro, nada de lo que sucede queda por fuera de lo que es la política, ni siquiera un concierto con los mejores bluseros del mundo. Y si se hace dúo con el presidente este es el que cantará mejor, al punto de que ese tema, Sweet Chicago Blues, ya está de nuevo en los charts y en ascenso.
Entonces Mick, que sin duda ha sido y es más famoso que Barak, porque ha tenido más permanencia y lo ha resistido todo, por empezar ser él mismo, condice en actuar como partner en una movida mediática en medio de una contienda política. Solo le faltó haber ido a comer la hamburguesa ritual. Y está bien que B.B. King haya llegado en silla de ruedas al concierto o que Buddy Guy desatendiera su show permanente en el Legends de Chicago, porque quizá ellos no han tenido esa condición de íconos de la rebeldía o el inconformismo que una vez el líder de los Stones encarnó. La fama siempre precede a los famosos y esa fama debe confirmarse en cada pequeña cosa que realizan. Me pregunto si John Lennon habría aceptado tocar para Richard Nixon o Ronald Reagan en el tiempo que vivió en Estados Unidos, dejando de lado el detalle de que el F.B.I. lo tuvo siempre en la mira y que estuvo a punto de ser deportado.
Hace años Carlos Fuentes, en una recepción en la Embajada de México, me contó sobre la vez que cenó con Bill Clinton en la Casa Blanca. Lo acompañaron esa noche Gabriel García Márquez y William Styron. Clinton hablaba bien el español y sus invitados el inglés. Estos se empeñaron al principio en conversar sobre política, pero el anfitrión los interrumpió y les sugirió que lo hicieran sobre literatura, porque para eso los había invitado. “Yo soy el que manda aquí”, les advirtió. Por supuesto que la cena no trascendió como el concierto – de Clinton se ventilaron otras intimidades en esa casa- aunque el anfitrión de entonces supo tocar el saxofón en público porque sabía que la música amansa a las fieras y da buenos réditos de imagen. De alguna manera fue con la música que Barak amansó a Mick.