Amansando a Mick

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Todos vimos las imágenes de Barak Obama cantando blues con Mick Jagger, acompañado por las guitarras de B.B.King y Buddy Guy, nada menos. Fue durante un concierto benéfico dado en la Casa Blanca por una superbanda –en realidad un dreamteam- que se sumó al ciclo Performing at The White House, que esta vez se subtituló Red, White and Blues. Los míticos músicos, respaldados por sus propias leyendas, le cedieron a Obama un espacio y entonces el presidente no pudo menos que aceptar el envite y subir al escenario y cantar –bien, hay que reconocerlo- algunas estrofas de Sweet Home Chicago, blues que evoca a su ciudad natal. Fue Jagger, cuya boca es la más famosa de la historia del Rock, quien le ofreció el micrófono al inquilino y anfitrión para que participase del show. Nadie se cree que esto haya sido sólo benéfico, espontáneo y casual en medio de una campaña electoral en la cual el presidente busca la relección. Pero de todas las estrellas que había sobre el escenario, Mick fue la que, con su gesto simpático y británicamente educado, perdió parte de su élam. El socio de Keith Richard, que una vez gritó su simpatía por el demonio, devino en artista oficial y acaso funcional a una expresión de poder.
La Casa Blanca como lugar, como espacio emblemático, como símbolo, es un sitio que inspira muchos sentimientos menos el de la inocencia. No hay neutralidad posible allí dentro. Es legendario lo que una vez escribió el genial periodista y humorista Art Butchwald en su libro Nunca bailé en la Casa Blanca: “Alicia caminaba por la Avenida Pensylvania cuando March le preguntó: ¿Te gustaría asistir a una conferencia de prensa en la Casa Blanca? ¿Qué es una conferencia de prensa en la Casa Blanca?, preguntó Alicia. Y March respondió: Allí donde se niega todo lo que ya te han dicho, lo cual es la única razón por lo que podría ser verdad.” Butchwald, con ese diálogo mínimo, definió para siempre el ámbito, la atmósfera que se puede respirar en la famosa finca. Por tanto, estando allí dentro, nada de lo que sucede queda por fuera de lo que es la política, ni siquiera un concierto con los mejores bluseros del mundo. Y si se hace dúo con el presidente este es el que cantará mejor, al punto de que ese tema, Sweet Chicago Blues, ya está de nuevo en los charts y en ascenso.
Entonces Mick, que sin duda ha sido y es más famoso que Barak, porque ha tenido más permanencia y lo ha resistido todo, por empezar ser él mismo, condice en actuar como partner en una movida mediática en medio de una contienda política. Solo le faltó haber ido a comer la hamburguesa ritual. Y está bien que B.B. King haya llegado en silla de ruedas al concierto o que Buddy Guy desatendiera su show permanente en el Legends de Chicago, porque quizá ellos no han tenido esa condición de íconos de la rebeldía o el inconformismo que una vez el líder de los Stones encarnó. La fama siempre precede a los famosos y esa fama debe confirmarse en cada pequeña cosa que realizan. Me pregunto si John Lennon habría aceptado tocar para Richard Nixon o Ronald Reagan en el tiempo que vivió en Estados Unidos, dejando de lado el detalle de que el F.B.I. lo tuvo siempre en la mira y que estuvo a punto de ser deportado.
Hace años Carlos Fuentes, en una recepción en la Embajada de México, me contó sobre la vez que cenó con Bill Clinton en la Casa Blanca. Lo acompañaron esa noche Gabriel García Márquez y William Styron. Clinton hablaba bien el español y sus invitados el inglés. Estos se empeñaron al principio en conversar sobre política, pero el anfitrión los interrumpió y les sugirió que lo hicieran sobre literatura, porque para eso los había invitado. “Yo soy el que manda aquí”, les advirtió. Por supuesto que la cena no trascendió como el concierto – de Clinton se ventilaron otras intimidades en esa casa- aunque el anfitrión de entonces supo tocar el saxofón en público porque sabía que la música amansa a las fieras y da buenos réditos de imagen. De alguna manera fue con la música que Barak amansó a Mick.

Breviario sobre Shakespeare

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Mientras muchos creen –entre los que me incluyo- que William Shakespeare es el mayor escritor de la historia, el misterio sobre su existencia y auténtica autoría de su obra sigue en pie porque, paradójicamente, se sabe muy poco sobre el gran dramaturgo y poeta. Un estudioso exhaustivo de su obra, Harold Bloom, ubica a Shakespeare en el centro del canon occidental y sus comentarios sobre las 38 obras que conocemos de su dramaturgia se titulan, nada menos, Shakespeare, la invención de lo humano. Más allá de la cuestión sobre su obra, que empieza a ser documentada a partir del famoso Primer Folio compilado por sus colegas Henry Condell y John Heminges, últimos sobrevivientes del grupo teatral de los Lord´s Chamberlains Men -con el cual Shakespeare estuvo ligado hasta el final de sus días- la vida del genio del teatro isabelino constituye una verdadera nebulosa. Por eso, la lectura del ingenioso ensayo de Bill Bryson, titulado simplemente Shakespeare*, depara un ameno repaso de lo poco que se sabe del bardo. Como se ha escrito en The Echo de Londres, “Si lo que quiere es saber algo del bueno de William, déjese de fárragos y lea esta pequeña gran biografía.”
Bryson ya había incursionado en la brevedad con otro título sugestivo: “Una breve historia de casi todo”, Premio Aventis al mejor libro de Ciencia General.
Qué podemos saber sobre Shakespeare
La idea que sustenta el libro de Bryson es sencilla: determinar qué puede saberse de manera fehaciente sobre Shakespeare sin recurrir a la especulación. Como lo comenta el propio autor: muy poco. El resultado es un libro delgado, breve, de apenas 187 páginas incluidos los agradecimientos. El planteo es: qué tanto puede saberse sobre una persona nacida en 1564 que pueda ser demostrado, probado sin dudas razonables, sea o no alguien tan famoso como después lo fue William Shakespeare.
Bryson empieza reflexionando sobre la imagen que tenemos del poeta, su efigie reproducida en tantas ilustraciones de tapas –incluida la de su propio pibro- y concluye que ninguna de las tres – dos retratos: el óleo de Chandos y el grabado de Droeshout y una estatua, la de Gheerart Janssen- ofrece certezas sobre una exacta correspondencia entre el Shakesperare verdadero y el representado. De manera que, estimado lector, el individuo que suponemos es Shakesperare: un poco calvo, de cabellos largos a los costados, bigote y perita recortada, mirada fija y bastante insulsa, quizá sea otro, un impostor que se ha hecho pasar por Shakespeare, vaya a saber por qué.
Como acertada síntesis, Bryson señala que, hace más de dos siglos, el historiador George Stevens observó que todo cuánto sabemos de William Shakespeare se reduce a un exiguo puñado de datos: nació en Stratford–upon-Avon, tuvo una familia allí, viajó a Londres, se convirtió en autor y actor, regresó a Stratford, hizo un testamento y murió. Pese a que tras cuatrocientos años de intensa cacería en la que los investigadores han ido encontrando un centenar de documentos relacionados con Shakespeare –que por lo general remiten a aspectos formales pero no a emociones-, sobre el autor lo desconocemos casi todo. No sabemos exactamente cuántas obras teatrales escribió y en qué orden lo hizo. Sabemos cuáles eran algunas de sus lecturas, pero ignoramos de dónde sacaba los libros. El primer retrato verbal de Shakespeare fue escrito sesenta y cuatro años después de su muerte por John Aubrey, nacido cuando el dramaturgo llevaba diez años sepultado. La descripción señala que “era un hombre apuesto y de buena constitución; agradable como compañía y de un ágil ingenio dispuesto y cordial”: algo tan genérico y vago cuanto aplicable a cualquier persona.
Bryson consigna de que a pesar de que Shakespeare dejó un millón de palabras de texto, solo se conservan catorce de ellas de su puño y letra: seis firmas con su nombre completo y las palabras “por mi” rubricadas en su testamento. No hay una sola nota, carta o página manuscrita que pueda atribuírsele. Ni siquiera se sabe cuál era la grafía correcta de su apellido y entre las seis firmas que dejó no hay dos que coincidan y ninguna establece la forma en la que se inmortalizó su nombre en la historia. Tampoco sabemos si salió de Inglaterra en alguna ocasión. No se sabe qué personas frecuentaba ni con quien se divertía. Su sexualidad es un misterio inescrutable. No hay nada que certifique su paradero durante los ocho años críticos de su vida en los que dejó a su mujer – Anne Hathaway- y sus tres hijos pequeños en Stratford y se convirtió, con una facilidad casi inverosímil, en un dramaturgo de éxito en Londres.
Una obsesión académica
El estudio de Bryson consigna que el Shakespeare Quarterly, el más exhaustivo de los periódicos bibliográficos, registra al año cerca de cuatro mil nuevas obras –libros, monografías y otros estudios- consideradas serias sobre Shakespeare. Si se escribe Shakespeare en la casilla de autor de la Biblioteca Británica aparecen de inmediato 13.858 entradas. La Biblioteca del Congreso de Washington D.C. contiene unas 7.000 obras sobre Shakespeare, lo que equivale a veinte años de lectura a razón de una por día. Esto revela, para Bryson, que la cuestión shakesperiana puede llegar a extremos absurdos y reviste rasgos de obsesión académica. Más lejos se ha llegado aún: muchos expertos coinciden que en Gran Bretaña existe un tipo especial de locura: la de aquellos que se enloquecen por pensar en Shakespeare.
Pero es precisamente la falta de datos sobre prácticamente toda su existencia lo que dota a Shakespeare del atractivo que suelen ofrecer los abismos. En tal sentido, es tan ágil y ameno el estilo de este ensayo de Bryson y tan divertida su posición descreída y desmitificadora, que de todo ello surge un Shakespeare fantasmal y difuso que tiene tanto poder como el que años de pesquisas inútiles y buceos interminables en la especulación, nos han ido imponiendo. Como para leer de un tirón y con una sonrisa cómplice en los labios.
* Bill Bryson, Shakespeare, RBA Libros, 187 p.

El regreso de Gatsby

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Según han difundido las agencias de noticias, después de finalizar el rodaje de J. Edgar, el biopic sobre J. Edgar Hoover – el legendario director del F.B.I. – dirigido por Clint Eastwood, Leonardo DiCaprio llegó a finales de agosto a Australia, para comenzar su próxima película, una nueva adaptación de la novela de Francis Scott Fitzgerald, El Gran Gatsby. Conocido por dedicarle el tiempo necesario a sus proyectos, DiCaprio permanecerá en tierras australianas durante los próximos cuatro meses, donde dará vida al galán Jay Gatsby. Dirigida y escrita por Baz Luhrmann, será esta la quinta adaptación de la novela. Aparte de que el director es australiano, deben haber razones de guión y también económicas para que se ruede en Australia la mayor parte de este nuevo Gatsby. Pero no quedan dudas de que el papel del misterioso millonario lo estaba aguardando al carismático actor que ya había dado vida a otro millonario, el excéntrico y misterioso Howard Hawks en El aviador, que en 2005 dirigió Martin Scorsese.
El clásico de Scott Firzgerald
Escrita en apenas cinco meses durante su segunda estadía en la Riviera Francesa, El Gran Gatsby es la tercera novela de Scott Fitzgerald. Cuando apareció en 1925 él tenía casi treinta años, estaba casado con Zelda Sayre y habían abandonado su residencia en Long Island para instalarse frente al deslumbrante azul del Mediterráneo. Cinco años antes, la publicación de A este lado del Paraíso le había dado fama y suficiente dinero como para conquistar a la joven Zelda, una flapper que amaba el buen pasar y a la que conoce en Alabama. En ese tiempo posterior a su primer éxito, el matrimonio frecuentará la dulce vida de las fiestas bulliciosas de la Era del Jazz, el glamur de los ricos y la opulencia vacía de la posguerra que se desbaratará por completo a partir del desastre económico de 1929.
Considerada por muchos críticos como su obra más lograda, aunque no la más madura, El Gran Gatsby es una novela sobre los sueños incumplidos, el desencuentro, la nostalgia, los amores imposibles y el enfrentamiento entre el idealismo y el materialismo. Construida desde el punto de vista de uno de sus personajes, el joven de clase media Nick Carraway, quien en la tercera página ya expresa su desprecio por todo lo que Gatsby representa, la obra puede dar la falsa impresión de ser un retrato sobre el misterio y la fascinación de su héroe central, el enigmático millonario Jay Gatsby.
Un mundo perdido
Como desencantada visión del Sueño Americano, la historia se ambienta entre la modesta casa de Nick en el suburbio West Egg de Long Island, el palacete de su vecino Gatsby, la casa del matrimonio Buchanan, las suites del Hotel Plaza de New York, la carretera que une esos puntos distantes y el moroso transcurrir del verano. En ese mundo falsamente deslumbrante y ocioso se mueven los personajes, extraviados en el calor y en sus propias miserias. Así, Gatsby -que viene de la nada, de la guerra, de los pantanos, de un posible negocio sucio que lo ha enriquecido y de un pasado pobre con otro apellido que impidió su romance con Daisy Buchanan- expresa la frustración de toda una generación. Daisy es prima de Nick y está casada con Tom Buchanan, rico, ex estrella de fútbol, vulgar y violento. A su vez, Tom es amante de Myrtle Wilson, patética esposa del dueño de una bomba de gasolina sobre la ruta que une West Egg con New York. En un juego de fiestas, conversaciones casuales, visitas y encuentros más o menos fortuitos, ese grupo va a dar forma a otra tragedia americana.
En el verano que narra la novela, los cruces se precipitan, y esos seres van desnudando, una por una, sus derrotas y sus sueños frustrados. El esplendor de los ricos es tan sólo opulencia material y soledad. Pero en el caso de Gatsby, el triunfo material es apenas un torpe mecanismo para acceder a su idealizada Daisy. Cuando debe regresar de la cegadora luz del verano a enfrentarse a la negrura final junto a una piscina que no usó en todo ese estío, el relato completa sus significados. De la tragedia sólo escapa Nick, tal vez porque ha entendido el significado del juego. El alter ego de Scott Fitzgerald reflexiona en la última frase de la novela: “y así vamos adelante, botes que reman contra corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado”. El mundo de Gatsby es un mundo perdido, pero también derrotado.
La quinta versión en la pantalla
Primero la filmó Herbert Brenon en 1926, luego Elliott Nugent en 1949 con Alan Ladd como protagonista. En 1974 Jack Clayton realizó la versión más reconocida de Gatsby, con Robert Redford como protagonista y Mia Farrow en el papel de Daisy. Finalmente en 2001 Robert Markowitz llevó a cabo una adaptación para la televisión con Toby Stephens y Mira Sorvino. Indudablemente, el mundo que describe la novela es ideal para desarrollar en una película y cada versión de las realizadas tuvo que repartirse entre el romanticismo de la historia y su costado trágico. No obstante la inevitable sujeción al argumento de la novela, es de esperar que este nuevo regreso de Jay Gatsby a la pantalla explote más la interioridad del personaje principal y el dualismo de un presente esplendoroso condicionado por un pasado que el texto de Scott Fitzgerald apenas deja entrever. Carey Mulligan será Daisy y Tobby McGuire protagonizará a Nick Carraway.
Me inquieta el hecho de que esta nueva versión de Gatsby se filmará en 3D. Sencillamente no lo puedo creer porque no veo por donde el sistema de imagen tridimensional puede aportar nada importante a la historia. Y esta novedad de Gatsby en 3D parece ser una ominosa amenaza para los que amamos la novela original, porque Baz Luhrmann, el encargado de retomar esta historia de lucha de clases, amor y tragedia, resulta ser un australiano muy aficionado a las puestas recargadas y un fanático de los musicales. Cruzo los dedos y espero que DiCaprio, que siempre elige muy bien sus proyectos, esta vez no se equivoque.

Los nuevos bárbaros

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Los recientes actos de violencia ocurridos en el barrio londinense de Tottenham mostraron al mundo que los saqueos de los revoltosos se centraban en dos productos predominantes: plasmas y teléfonos celulares. Nada de alimentos u otros artículos de primera necesidad. A lo sumo se le agregaban laptops y calzado deportivo de marca a lo que la turba se llevaba de los comercios que luego procedía a quemar, al igual que automóviles y ómnibus. Suponer que toda esa barbarie fue una expresión de protesta social generada a partir de la muerte del joven Mark Duggan por balas de armas policiales es simplificar los hechos, o verlos desde una óptica esquemática y perimida. Escribir barbarie para definir la situación es acertado, porque implica reconocer que los protagonistas de la furia de Tottenham actuaron como bárbaros.
En apretada síntesis: el término “bárbaro” fue tradicionalmente utilizado por ciertas culturas europeas para designar a aquellas comunidades que poseían otros rasgos culturales, sociales, políticos y religiosos. Si bien los antiguos griegos ya usaban esta palabra para hacer referencia a todo aquel que no fuera griego, no sería hasta más adelante, a partir del siglo V después de Cristo, cuando la misma se extendería y popularizaría. Todo esto me da motivos para hablarles de un libro soberbio que leí hace unos meses y que aporta reflexión y datos que iluminan esta época que vivimos: Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación, del turinense Alessandro Baricco, polifacético autor a quien le debemos, entre otros títulos, la exquisita novela Seda y el notable monólogo Novecento, que hace algunos años fue llevado al cine.
La tesis central de este ensayo es que los bárbaros están otra vez acampando entre nosotros y dispuestos al saqueo. Para Baricco, las aldeas invadidas por estos “nuevos bárbaros” son varias, entre las cuales está el negocio editorial – léanse libros- , el fútbol y los vinos. Pero el gran campamento o palacio en donde se asientan los invasores es nada menos que Google, símbolo de la cultura superficial e instantánea de la internet, con su rápida navegación que picotea en todos los asuntos y no profundiza en ninguno y es alentada por la “espectacularidad” que revisten los recursos tecnológicos puestos al servicio de la banalidad y lo vacuo de la mayoría de sus contenidos. Baricco entrevé también un control “imperial” de esa herramienta de búsqueda. Y cuando habla de imperio se refiere al norteamericano y la globalización, que para Baricco significa simplemente la “norteamericación” de la vida.
Baricco es un fascinador profesional, un prestidigitador de los recursos conceptuales y expresivos y un intelectual que puede “bajar” línea de manera que su discurso sea comprensible incluso por los bárbaros a los que alude. Pese a que de la lectura se infiere una mirada europea sobre los asuntos que trata, son tantos los hallazgos de este ensayo y es tan estimulante su secuencia que, cerrado el libro, su impulso alienta a extrapolar al ámbito doméstico esa mirada.
Una vez leído entendemos el porqué de nuestro breve y devaluado idioma, la pobreza conceptual del discurso de los más jóvenes, la grosera pauperización del debate de ideas y la neolengua que los mensajes de texto y los chats han engendrado. Descubrimos por qué los reality shows son los programas más vistos de la televisión y el vaciamiento de temas trascendentes que implican se refleja en el discurso promedio que se escucha. Las redes sociales –que explican la coordinación de las asonadas de Tottenham- lejos de ser un aporte serio a la cultura funcionan como una babel virtual en donde todo confluye pero nada adquiere una real jerarquía. Como afirma Baricco, lo que está en la red, por más grande que sea, no es el saber, o al menos todo el saber. Y agrega: la imprenta –en referencia al invento de Gutenberg- como la red, no es un inocente receptáculo que cobija el saber, sino una forma que modifica el saber a su propia imagen. Remata esto con una sentencia contundente: “Google no tiene diez años de vida siquiera, y se encuentra ya en el corazón de la civilización: si uno lo observa, no está visitando una aldea saqueada por los bárbaros: está en su campamento, en su capital, en su palacio imperial.” Vale aclarar que la primera edición de este libro apareció en 2006.
Desde este punto de vista habría que revisar eso de entregarle una computadora a cada escolar o liceal, así sin más. Bien utilizada puede ser un instrumento de educación y conexión con la tecnología virtual, pero también es una entrada al campamento que describe Baricco, el acceso a un mundo definido, como afirma el autor, por la simplificación, la superficialidad, la velocidad y la medianía.

Fragmentos del muro

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El año pasado tuve la oportunidad de conocer Berlín y completar ese grupo de ciudades decisivas que uno aspira a caminar alguna vez. Hablo de las europeas, en especial las que cargan con el peso de la historia reciente y que imponen un atractivo entrevisto en cuentos de otros viajeros, reportajes, películas y por supuesto libros. Indudablemente, Berlín tiene una carga de misterio para el que la visita por primera vez. Hay algo denso e inquietante en lo previo que se vincula a los años del nazismo, los padecimientos de la II Guerra y luego –a partir de 1961- esos veintiocho años en los que la ciudad estuvo dividida por el famoso muro del cual, en la actualidad, apenas si quedan vestigios. Pero esos rastros de la construcción, que hace pocos días habría cumplido medio siglo, se erigen casi como el atractivo principal para miles de turistas primerizos que a poco de llegar a la ciudad sienten la necesidad de peregrinar hacia lo que queda del muro y comparecer ante el símbolo más famoso que tuvo la guerra fría.
El muro empezó a construirse el 13 de agosto de 1961 y los medios de entonces se hicieron eco con estupor de la fulminante instalación, en pocas horas o días, de esa línea divisoria entre visible los berlineses. El cemento y el cerco de alambre de púas cerraron lo que entonces funcionaba como una puerta de salida del mundo comunista y oriental hacia el occidente que prometía libertades. Levantado en etapas y con diversos materiales y estrategias de bloqueo y vigilancia, fue bautizado enseguida “el muro de la vergüenza” por la opinión pública occidental, aunque algunos comentaban con cínico humor que se había erigido no para que nadie saliese sino para que nadie entrase. No obstante, cabe recordar que su nombre oficial era: Muro de Protección Antifascista. Con una longitud de más de 120 km la obra inicial fue mejorada con regularidad. En 1975 se inició el «Muro de la cuarta generación», de hormigón armado, una altura de más de tres metros y medio y formado por 45.000 secciones independientes de uno cincuenta de largo. Además del muro, la frontera estaba protegida por una valla de tela metálica, cables de alarma, trincheras para evitar el paso de vehículos, una cerca de alambre de púas, más de 300 torres de vigilancia y treinta bunkers.
Todo eso empezó a caer la tibia noche del 9 de noviembre de 1989 y ya para 1990 el muro era propiedad de los shows de Roger Waters, Scoprions, Van Morrison o The Band. Fue devorado primero por los grafiti y luego por los golpes de marrón y las máquinas de demolición pero, fundamentalmente, por los vientos del cambio y la inepcia de un sistema que terminó fracasando. Sus fragmentos se vendieron y venden como souvenirs, como le pasó al césped del estadio de Wembley.
Lo que pude ver de sus vestigios fue escaso pero impresionante. A pocos metros del llamado Check Point Charlie – famoso puesto de control y pasaje de esa parte de la frontera – y enfrentado al sobrecogedor edificio de la Topografía del Terror –museo que registra con minucia la bestial logística de la maquinaria de seguridad nazi- unas dos cuadras de muro todavía en pie dan testimonio de su aspecto material. Es solo cemento desnudo, rugoso, con algunas grietas y hierros herrumbrados que asoman como enervantes dedos que apuntan al cielo. Marginada por una avenida de pedruscos y bajo un sol despiadado en la época de verano que fui, la pared corre paralela al otro horror testimoniado. Uno –el muro- es despojado, tosco, ominoso y tétrico aún en su condición de ruina que se erige sobre la Niederkirchner Strasse. El otro, el del museo –construido en el solar que ocupó la Gestapo- es minucioso y abrumador en sus testimonios gráficos, en especial una foto de la plana mayor de los jerarcas nazis en la que también aparece Hitler, y todos lucen arrogantes y excitados, como un equipo de fútbol que acaba de ganar la Bundesliga.
Berlín ha asumido el pasado y ofrece testimonio de todo lo que, aún desde la vergüenza que provoca, no debe ser olvidado. Y es precisamente esa actitud de no barrer bajo la alfombra y asumir el horror, lo que permite dejarlo atrás. Pero demolido el muro, todavía sobre la calle puede verse una doble línea de adoquines que, sinuosa y atravesando aceras y veredas, se empeña en recordar lo que allí se había erigido. No obstante, como extraña paradoja, el vacío del muro demolido parece completarse –para el extranjero- con la visión de esas fugaces dos cuadras. Por más que lo evitamos, los recién llegados a Berlín buscamos en esos lugares de testimonio, en esa senda de adoquines, la silueta que por años vimos en noticieros y documentales. Dos décadas después de abatido, los fragmentos del muro todavía cohesionan en nuestra mente y acaso, como si fuera la extraña memoria de un miembro amputado, por fugaces instantes la presencia de algo terrible nos sobrecoge.

El funeral de Gutenberg

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Hace poco tuve que volar de Miami a Chicago y durante el viaje comprobé que la mayoría de los pasajeros que leía lo hacía en tablets u otros lectores de libros digitales. Creo que yo era uno de los pocos que seguía aferrado a la edición de papel y confieso que me sentí un poco extraño viendo esos aparatos de pantalla iluminada que pueden almacenar hasta mil títulos de la literatura. De regreso a Miami ocurrió lo mismo y una vez en la ciudad –en la que permanecí tres días- tuve oportunidad de ver el revuelo que se armó en la tienda Apple de South Beach porque acababa de ponerse a la venta el Ipad 2, que entre las múltiples prestaciones que ofrece está la de almacenar libros que se llevan a todas partes. Había personas que compraban de a tres luego de haber hecho una cola de media cuadra para ingresar a la tienda. Sin tener conciencia en ese momento, en realidad estaba asistiendo al funeral de la era Gutenberg, tal como lo sugiere Enrique Vila-Matas en su novela Dublinesca, que actualmente estoy disfrutando.
El primer libro impreso
En 1449 Johannes Gutenberg –nacido en Mangucia, Alemania, circa 1400- publicó el “Misal de Constanza”, el primer libro tipográfico impreso en el mundo, con el cual se inició la era del papel, en el sentido de soporte para la difusión de textos que no constaban de un solo original. En realidad la imprenta había sido inventada por los chinos siglos antes. Hasta el “Año del Misal”, los libros se difundían mediante las copias manuscritas realizadas por monjes y frailes dedicados exclusivamente al rezo y a la réplica de ejemplares por encargo del propio clero o de reyes y nobles. Pero no todos los monjes copistas sabían leer y escribir. Algunos realizaban la función imitando signos que en muchas ocasiones no entendían. Las ilustraciones y las mayúsculas eran producto de la inspiración y habilidad del propio copista, que decoraba cada ejemplar que realizaba según su gusto o visión. Cada uno de esos trabajos podía requerir hasta diez años.
Pero ya en la Alta Edad Media la imprenta se utilizaba en Europa para publicar panfletos publicitarios o políticos, etiquetas y trabajos de pocas hojas. Para ello se trabajaba el texto en hueco sobre una tablilla de madera. A ese tipo de impresión se la llamó xilografía, y tenía el inconveniente de que los tipos de madera se desgastaban y no se podían hacer muchas copias con el mismo molde. Hasta que Gutenberg resolvió el problema de los pocos facsímiles inventando el sistema de impresión de tipos móviles. Así fue capaz de hacer a la vez varias copias de la Biblia en menos de la mitad del tiempo que tardaba en copiar una el más rápido de todos los monjes copistas. Y con un detalle decisivo: éstas no se diferenciarían en absoluto de las manuscritas. La era Gutenberg significó uno de los saltos más grandiosos en la aventura del hombre. Con ello comenzó la difusión más revolucionaria del conocimiento de la que se tuviera noticia, perfeccionada durante siglos y hasta hoy en lo esencial incambiada: negro sobre blanco, letras sobre papel, miles de copias, traducciones a todas las lenguas, democratización de acto de leer. Pero la era del papel ha terminado y en pocos años quizá un libro impreso sea solamente una pieza de museo.
Tócame, siénteme…
…Como decía la letra de aquella canción de los Who que integraba la banda de sonido de la ópera rock Tommy, el libo sobre papel convoca sensaciones de tacto y un contacto íntimo, casi de piel. Un libro, además de leerse, puede sentirse: su textura y su olor, el color y la trama del papel, el sonido de sus páginas pasando y hasta la posibilidad de marcar una página doblando su esquina establecen que, más allá de su contenido, el objeto libro es uno de los artefactos más geniales concebidos por el hombre. Ni que hablar que admite el subrayado, el comentario manuscrito al margen, las manchas de café, las flores secas ocultas entre sus páginas, las dedicatorias y un sinfín de actos personales del dueño que lo convierten en algo vivo e intransferible.
Ante este cúmulo de virtudes, el libro digital aparece con algunos trucos que a primera vista son atractivos: cambio de tamaño y tipo de letra, marcador fluorescente en la pantalla táctil, sonidos que imitan la vuelta o pasaje de la página que visualmente también se reproduce. Y por supuesto, en el formato de un libro de mediano porte, se almacenan cientos de títulos –por ahora la mayoría en inglés- y la posibilidad de llevar una biblioteca entera en un bolsillo. Entre el invento de Gutenberg y esta realidad del libro digital nos abisma en una insondable biblioteca virtual que, como la biblioteca de Babel borgeana, se prodiga en infinitos anaqueles, pasajes y corredores que se extienden por toda la eternidad.
El New York Times anunciaba hace meses en su edición impresa con un aviso a toda página que el diario le ofrece a los lectores suscritos a su versión en papel, la posibilidad de acceder de forma totalmente gratuita a la edición digital no importa en donde estén. Libros, periódicos, material didáctico, información interactiva, conexión al instante y precios accesibles por bajada de material, dan ventaja a lo virtual sobre lo que Gutenberg, con esfuerzo y el capital del banquero Johannes Furst puso en marcha hace más de cinco siglos y medio. ¿El futuro de la lectura será digital o no será?
Los optimistas piensan que el cambio es inexorable y que el libro, tal como hoy lo conocemos, en pocos años será un bien de coleccionistas, de bibliómanos nostálgicos y de personas que se han quedado en el pasado. Los pesimistas como yo, creemos que ninguna experiencia es comparable a la de leer un buen libro verdadero que se entibia en nuestras manos, que huele, ofrece textura y es capaz de funcionar sin corriente eléctrica y con solo abrirlo. Somos los que nos resistimos a abandonar el papel para postergar así el funeral de Gutenberg y venerar el espacio de una biblioteca verdadera, cuánto más desordenada mejor.

Somos Truman

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Hace algunos años, el filme inteligente y original que es The Truman show –dirigido por Peter Weir en 1998- planteaba el extremo de una vida registrada desde el nacimiento a la madurez a través de un show televisivo cuyo protagonista principal, el Truman del título, ignoraba que millones de televidentes lo estaban mirando. Su vida entera –que transcurría en un decorado gigante que simulaba una ciudad llamada Seahaven- era trasmitida en directo desde hacía treinta años pero él no lo sabía. La metáfora que planteaba el filme funcionaba en varios niveles, entre ellos el que plantea el control total de un poder superior sobre el pobre Truman. Poco tiempo después, con el formato televisivo del Gran Hermano desarrollado en decenas de países, la ficción se hizo realidad cuando un grupo de personas aceptó vivir 24 horas bajo la mirada de los demás. Era lo banal y cotidiano llevado a la categoría de espectáculo masivo y la vida real como show para ser Truman por propia voluntad.

Vivimos la edad de la exhibición personal y la búsqueda no ya de quince minutos de fama -porque con apenas quince segundos alcanza- sino del instante en que la vida anodina y secreta queda abolida. Todo debe saberse, verse, exponerse y someterse a la mirada de los demás y hasta los gobiernos no dejan de parecerse a los gobernados en sus debilidades, miserias y dobleces, aspecto que el reciente caso Wikileaks confirmó. El asedio a la privacidad y la vocación exhibicionista de la sociedad posmoderna determina una especie de transparencia total –el término es de Baudrillard-, de visibilidad obscena. Lo obsceno, en tanto lo que se muestra porque sí y para nada, aniquila el sentido de lo que se ve.

Lo que caracteriza esta primera década del siglo es el ocaso de la vida privada. La tecnología sumada al avance de agentes privados y estatales sobre el individuo determina que muchos límites queden borrados. La intimidad y el anonimato se disuelven en el panóptico de las cámaras de vigilancia de los espacios públicos, en las listas de consumidores con nombre y apellido que las organizaciones de ventas persiguen, en el asedio de los sistemas de telemarketers, en el cruce de información de las agencias estatales a propósito de los ingresos, egresos y transacciones de las personas. Ejemplo: la DGI pidiendo a los colegios privados los datos de los que pagan las matrículas. A eso se suma la proliferación de teléfonos celulares que capturan imágenes, la fiebre del Twitter, el Facebook y demás vidrieras virtuales para exhibirse y por tanto exponerse y otros tantos etcéteras que no cabrían en esta columna.

Cada noche nos sentamos ante la pantalla a mirar un informativo y vemos todo lo que sucede casi en directo: el almacenero asaltado, el guardia baleado, la humilde vivienda incendiada, el herido atendido por los paramédicos o el muerto tapado con plástico. Vemos la crisis de llanto de una víctima de la violencia doméstica o la mirada cínica del torturador conducido al juzgado. Los medios audiovisuales acompañan el megaoperativo policial y registran las detenciones y los cacheos, las corridas por los callejones de tierra y la inútil búsqueda de verdaderos criminales. Inclusive los delitos son registrados –por cámaras ocultas- en el momento en que se producen y luego mostrados en las noticias de portada. El conjunto es un show que no difiere mucho de una serie porque la pantalla aplana y desjerarquiza los hechos y los iguala en la expresión neutra del comunicador que detiene su raconto de noticias para ir a la tanda y permitirnos olvidar por diez minutos el espanto.
Cuanto más se nos muestra, menos posibilidades tenemos de ver. Se nos crea la ilusión de que podemos entender lo que sucede en función de la cantidad de lo mostrado. Esa sobreabundancia de la información, de los registros mediáticos de lo real, de lo banal convertido en show, sumado al avance de las organizaciones estatales y privadas sobre el individuo apuntan en un solo sentido: disminuir el espacio individual y adelgazar la vida privada. La realidad ha adquirido la lógica de un espectáculo y como protagonistas o espectadores vamos camino a ser Truman aunque no queramos.

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