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Hace poco tuve que volar de Miami a Chicago y durante el viaje comprobé que la mayoría de los pasajeros que leía lo hacía en tablets u otros lectores de libros digitales. Creo que yo era uno de los pocos que seguía aferrado a la edición de papel y confieso que me sentí un poco extraño viendo esos aparatos de pantalla iluminada que pueden almacenar hasta mil títulos de la literatura. De regreso a Miami ocurrió lo mismo y una vez en la ciudad –en la que permanecí tres días- tuve oportunidad de ver el revuelo que se armó en la tienda Apple de South Beach porque acababa de ponerse a la venta el Ipad 2, que entre las múltiples prestaciones que ofrece está la de almacenar libros que se llevan a todas partes. Había personas que compraban de a tres luego de haber hecho una cola de media cuadra para ingresar a la tienda. Sin tener conciencia en ese momento, en realidad estaba asistiendo al funeral de la era Gutenberg, tal como lo sugiere Enrique Vila-Matas en su novela Dublinesca, que actualmente estoy disfrutando.
El primer libro impreso
En 1449 Johannes Gutenberg –nacido en Mangucia, Alemania, circa 1400- publicó el “Misal de Constanza”, el primer libro tipográfico impreso en el mundo, con el cual se inició la era del papel, en el sentido de soporte para la difusión de textos que no constaban de un solo original. En realidad la imprenta había sido inventada por los chinos siglos antes. Hasta el “Año del Misal”, los libros se difundían mediante las copias manuscritas realizadas por monjes y frailes dedicados exclusivamente al rezo y a la réplica de ejemplares por encargo del propio clero o de reyes y nobles. Pero no todos los monjes copistas sabían leer y escribir. Algunos realizaban la función imitando signos que en muchas ocasiones no entendían. Las ilustraciones y las mayúsculas eran producto de la inspiración y habilidad del propio copista, que decoraba cada ejemplar que realizaba según su gusto o visión. Cada uno de esos trabajos podía requerir hasta diez años.
Pero ya en la Alta Edad Media la imprenta se utilizaba en Europa para publicar panfletos publicitarios o políticos, etiquetas y trabajos de pocas hojas. Para ello se trabajaba el texto en hueco sobre una tablilla de madera. A ese tipo de impresión se la llamó xilografía, y tenía el inconveniente de que los tipos de madera se desgastaban y no se podían hacer muchas copias con el mismo molde. Hasta que Gutenberg resolvió el problema de los pocos facsímiles inventando el sistema de impresión de tipos móviles. Así fue capaz de hacer a la vez varias copias de la Biblia en menos de la mitad del tiempo que tardaba en copiar una el más rápido de todos los monjes copistas. Y con un detalle decisivo: éstas no se diferenciarían en absoluto de las manuscritas. La era Gutenberg significó uno de los saltos más grandiosos en la aventura del hombre. Con ello comenzó la difusión más revolucionaria del conocimiento de la que se tuviera noticia, perfeccionada durante siglos y hasta hoy en lo esencial incambiada: negro sobre blanco, letras sobre papel, miles de copias, traducciones a todas las lenguas, democratización de acto de leer. Pero la era del papel ha terminado y en pocos años quizá un libro impreso sea solamente una pieza de museo.
Tócame, siénteme…
…Como decía la letra de aquella canción de los Who que integraba la banda de sonido de la ópera rock Tommy, el libo sobre papel convoca sensaciones de tacto y un contacto íntimo, casi de piel. Un libro, además de leerse, puede sentirse: su textura y su olor, el color y la trama del papel, el sonido de sus páginas pasando y hasta la posibilidad de marcar una página doblando su esquina establecen que, más allá de su contenido, el objeto libro es uno de los artefactos más geniales concebidos por el hombre. Ni que hablar que admite el subrayado, el comentario manuscrito al margen, las manchas de café, las flores secas ocultas entre sus páginas, las dedicatorias y un sinfín de actos personales del dueño que lo convierten en algo vivo e intransferible.
Ante este cúmulo de virtudes, el libro digital aparece con algunos trucos que a primera vista son atractivos: cambio de tamaño y tipo de letra, marcador fluorescente en la pantalla táctil, sonidos que imitan la vuelta o pasaje de la página que visualmente también se reproduce. Y por supuesto, en el formato de un libro de mediano porte, se almacenan cientos de títulos –por ahora la mayoría en inglés- y la posibilidad de llevar una biblioteca entera en un bolsillo. Entre el invento de Gutenberg y esta realidad del libro digital nos abisma en una insondable biblioteca virtual que, como la biblioteca de Babel borgeana, se prodiga en infinitos anaqueles, pasajes y corredores que se extienden por toda la eternidad.
El New York Times anunciaba hace meses en su edición impresa con un aviso a toda página que el diario le ofrece a los lectores suscritos a su versión en papel, la posibilidad de acceder de forma totalmente gratuita a la edición digital no importa en donde estén. Libros, periódicos, material didáctico, información interactiva, conexión al instante y precios accesibles por bajada de material, dan ventaja a lo virtual sobre lo que Gutenberg, con esfuerzo y el capital del banquero Johannes Furst puso en marcha hace más de cinco siglos y medio. ¿El futuro de la lectura será digital o no será?
Los optimistas piensan que el cambio es inexorable y que el libro, tal como hoy lo conocemos, en pocos años será un bien de coleccionistas, de bibliómanos nostálgicos y de personas que se han quedado en el pasado. Los pesimistas como yo, creemos que ninguna experiencia es comparable a la de leer un buen libro verdadero que se entibia en nuestras manos, que huele, ofrece textura y es capaz de funcionar sin corriente eléctrica y con solo abrirlo. Somos los que nos resistimos a abandonar el papel para postergar así el funeral de Gutenberg y venerar el espacio de una biblioteca verdadera, cuánto más desordenada mejor.