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El año pasado tuve la oportunidad de conocer Berlín y completar ese grupo de ciudades decisivas que uno aspira a caminar alguna vez. Hablo de las europeas, en especial las que cargan con el peso de la historia reciente y que imponen un atractivo entrevisto en cuentos de otros viajeros, reportajes, películas y por supuesto libros. Indudablemente, Berlín tiene una carga de misterio para el que la visita por primera vez. Hay algo denso e inquietante en lo previo que se vincula a los años del nazismo, los padecimientos de la II Guerra y luego –a partir de 1961- esos veintiocho años en los que la ciudad estuvo dividida por el famoso muro del cual, en la actualidad, apenas si quedan vestigios. Pero esos rastros de la construcción, que hace pocos días habría cumplido medio siglo, se erigen casi como el atractivo principal para miles de turistas primerizos que a poco de llegar a la ciudad sienten la necesidad de peregrinar hacia lo que queda del muro y comparecer ante el símbolo más famoso que tuvo la guerra fría.
El muro empezó a construirse el 13 de agosto de 1961 y los medios de entonces se hicieron eco con estupor de la fulminante instalación, en pocas horas o días, de esa línea divisoria entre visible los berlineses. El cemento y el cerco de alambre de púas cerraron lo que entonces funcionaba como una puerta de salida del mundo comunista y oriental hacia el occidente que prometía libertades. Levantado en etapas y con diversos materiales y estrategias de bloqueo y vigilancia, fue bautizado enseguida “el muro de la vergüenza” por la opinión pública occidental, aunque algunos comentaban con cínico humor que se había erigido no para que nadie saliese sino para que nadie entrase. No obstante, cabe recordar que su nombre oficial era: Muro de Protección Antifascista. Con una longitud de más de 120 km la obra inicial fue mejorada con regularidad. En 1975 se inició el «Muro de la cuarta generación», de hormigón armado, una altura de más de tres metros y medio y formado por 45.000 secciones independientes de uno cincuenta de largo. Además del muro, la frontera estaba protegida por una valla de tela metálica, cables de alarma, trincheras para evitar el paso de vehículos, una cerca de alambre de púas, más de 300 torres de vigilancia y treinta bunkers.
Todo eso empezó a caer la tibia noche del 9 de noviembre de 1989 y ya para 1990 el muro era propiedad de los shows de Roger Waters, Scoprions, Van Morrison o The Band. Fue devorado primero por los grafiti y luego por los golpes de marrón y las máquinas de demolición pero, fundamentalmente, por los vientos del cambio y la inepcia de un sistema que terminó fracasando. Sus fragmentos se vendieron y venden como souvenirs, como le pasó al césped del estadio de Wembley.
Lo que pude ver de sus vestigios fue escaso pero impresionante. A pocos metros del llamado Check Point Charlie – famoso puesto de control y pasaje de esa parte de la frontera – y enfrentado al sobrecogedor edificio de la Topografía del Terror –museo que registra con minucia la bestial logística de la maquinaria de seguridad nazi- unas dos cuadras de muro todavía en pie dan testimonio de su aspecto material. Es solo cemento desnudo, rugoso, con algunas grietas y hierros herrumbrados que asoman como enervantes dedos que apuntan al cielo. Marginada por una avenida de pedruscos y bajo un sol despiadado en la época de verano que fui, la pared corre paralela al otro horror testimoniado. Uno –el muro- es despojado, tosco, ominoso y tétrico aún en su condición de ruina que se erige sobre la Niederkirchner Strasse. El otro, el del museo –construido en el solar que ocupó la Gestapo- es minucioso y abrumador en sus testimonios gráficos, en especial una foto de la plana mayor de los jerarcas nazis en la que también aparece Hitler, y todos lucen arrogantes y excitados, como un equipo de fútbol que acaba de ganar la Bundesliga.
Berlín ha asumido el pasado y ofrece testimonio de todo lo que, aún desde la vergüenza que provoca, no debe ser olvidado. Y es precisamente esa actitud de no barrer bajo la alfombra y asumir el horror, lo que permite dejarlo atrás. Pero demolido el muro, todavía sobre la calle puede verse una doble línea de adoquines que, sinuosa y atravesando aceras y veredas, se empeña en recordar lo que allí se había erigido. No obstante, como extraña paradoja, el vacío del muro demolido parece completarse –para el extranjero- con la visión de esas fugaces dos cuadras. Por más que lo evitamos, los recién llegados a Berlín buscamos en esos lugares de testimonio, en esa senda de adoquines, la silueta que por años vimos en noticieros y documentales. Dos décadas después de abatido, los fragmentos del muro todavía cohesionan en nuestra mente y acaso, como si fuera la extraña memoria de un miembro amputado, por fugaces instantes la presencia de algo terrible nos sobrecoge.